LA ANSIEDAD A FONDO.

 

Hablar de ansiedad podría parecer a primeras, un tanto complejo, por ser el sujeto que la padece, un humano. Ser complejo podríamos tomarlo como complicado, pero más bien me gustaría tomar la connotación de “no simple”, sencillamente por el mero hecho de que el ser humano puede ser de todo, excepto simple. He ahí su grandeza.

Los pros y contras de “ser humano”, están precisamente en que, con nosotros, nunca se trata de 2 + 2 =4; porque, aunque desde alguna perspectiva científica se haya querido introducir en el laboratorio al comportamiento humano para “facilitar” su estudio, cuando se tienen en cuenta, la multitud de variables que le afectan; porque cuentan; y mucho, los resultados se pueden considerar, por lo menos desde mi punto de vista, sólo como una orientación.

El ser humano, por supuesto, no es una máquina y en él influyen, de forma continua e irremediable, cantidad de factores, tanto internos como externos. Desde la más absoluta admiración, creo que somos seres maravillosamente nada simples; un grandioso laberinto dentro de otro laberinto en eterno cambio, crecimiento y asombro sobre sí mismo.

 

 

Ya permanezco totalmente perpleja cuando lo admiro desde el punto de vista fisiológico, pero finalmente, me hinco de rodillas, cuando levanto un poco más la vista y miro aún más allá.

 

La gran ventaja del ser humano, como ser vivo, estriba en la posesión de autoconciencia. Cuando el hombre, que desarrolla y hace crecer la conciencia sobre sí mismo y se da cuenta de forma profunda e innegable; cuando experimenta y siente en carne propia, quién gobierna sus sistemas; el Universo se pone a sus pies. Nuestra asignatura pendiente, es tomar conciencia de que uno mismo es quien rige sus propios procesos y no nuestra mente concreta.

 

Decir: mente concreta; puede no significar nada para algunos; pero si hablamos, de esa parte de nosotros que produce pensamientos acelerados, que todo el día está futurizando y que la mayoría de las veces lo hace “en negativo”; todos sabemos ya a qué nos referimos. Pues bien. El ser humano; es algo más que eso. Algunos aún no lo saben, otros lo intuyen y otros ya lo han trascendido. He ahí, una característica inequívoca de nuestra evolución.

 

Parece que en el tratamiento de la ansiedad hay verdaderas obviedades. Voy a describir una por ejemplo, de forma burda, pero fácilmente entendible.

“- Es que cualquier cosa me pone nervioso y no consigo tranquilizarme. – Pues es muy fácil, relájate y no te pongas nervioso”. En realidad y con la mayor simpleza del mundo, así es realmente cómo se podría solucionar; pero la cuestión es que la persona que está, en ese momento con ese tremendo nivel de ansiedad, no está para muchos trotes. Es como si a alguien al que le hubiese sentado mal la comida y tiene un fuertísimo dolor de estómago, le dijeses:
“-¡Siéntete mejor hombre!, porque en realidad te duele por lo que has comido”.

Verdaderamente, el estado en el que se encuentra la persona aquejada de ansiedad, le arrebata las posibles herramientas que pueda tener para poder solucionar su problema. El dolor es un indicador pero le obnubila enormemente. El malestar le impide ver la luz al final del túnel por mucho que la luz brille.

 

 

Hay otro factor importante que afecta enormemente a la eficacia del tratamiento; común a los tratamientos en general; y es las verdaderas ganas del paciente de querer salir de ese problema. Hablamos del famoso beneficio secundario de la enfermedad. Por supuesto el “no querer salir del problema” no ocurre de modo totalmente consciente; pero es tan relevante, que de ser así, la ineficacia del tratamiento parece total.

 

Cuando tratamos con la ansiedad, está claro que hay que conseguir desarrollar en quien la padece, una modificación de conducta. Para que ello pueda ocurrir y que la persona pueda tomar las riendas; para poder manejar aquello que se desbocó y que pulula incansablemente por su cabeza y su cuerpo, realizando abundantes estragos a todos los niveles, tendría que conseguir alcanzar un primer estado de gran serenidad. Tenemos aquí un caso en el que para modificar la propia experiencia desagradable, necesitamos justamente de la experiencia contraria. Obra titánica pero no imposible.

 

Una ayuda rápida sería la medicación, y para ciertos casos, sin duda es una buena aportación, siempre y cuando, desde mi opinión, fuera seguida de un proceso de modificación de conducta, guiada por supuesto por un profesional para que la persona pudiese llegar a integrar que su mente trabaja para ella y no al revés.

La medicación sin trabajo, se queda en eso. Medicación sin aprendizaje.
La persona ha de experimentar y lo digo con todas las letras, EXPERIMENTAR, que ella es quien puede modificar su estado de ansiedad. Tiene que percibir claramente que lo puede hacer; y ésa es la tarea del terapeuta; ayudar a que la persona re-viva, de otra manera más adaptativa, sus miedos y su día a día. Realizar una sesión de verdadero aprendizaje de relajación (la cual se puede realizar a través de varias técnicas, algunas vistas como pseudocientíficas, pero desde luego muy útiles), es demostrar a la persona que ella es quien gobierna su barco. Primero lo hará de la mano del terapeuta para después poder realizarlo solo.

Si cada uno, terapeuta y paciente, hacen bien su trabajo; le persona, sin duda, podrá superar con éxito su proceso. Devolverle las riendas del gobierno de sí mismo al paciente supone el segundo paso en el proceso. Primeramente habremos creado una primera reducción de la sensación de ansiedad y en ese momento, el paciente ya estaría en disposición de usar su propia energía para tomar directamente las riendas.

Con la continuidad del tratamiento y el aprendizaje de nuevas habilidades, irá tomando conciencia de que ella misma es quien puede enseñar a su mente a crear hábitos mentales más saludables. Se habilitará al paciente para crear conscientemente patrones mentales más equilibrados, tranquilos y armónicos. Lo cual, en estos momentos sabemos plenamente, que supone un enorme beneficio para la salud en general tanto física, como mental, emocional y anímica.

 

María Garrido Garrido.